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A los vivos. In Memoriam de Servando Laina

16 enero 2021

Esta semana falleció un amigo, un colega. Y como de repente, la distancia que nos separaba de él se volvió infinita. No es mañana ni pronto … La cruda realidad de que hasta … ya no existe. Y es en este preciso momento cuando se siente la profunda y radical pérdida.

Las palabras no logran difundir la amarga noticia. El vocabulario, al repetirse, se ha vuelto insignificante. Frases como: -Descansa en paz, o -Que la tierra te sea liviana, o -Te ofrecemos nuestro más sentido pésame, o -Te acompaño en el sentimiento, o -Mucho aliento, lo siento, o tu pérdida, o -Acabo de escuchar la triste noticia, lamento mucho tu pérdida, o … Es sorprendente que ninguna de estas frases contenga todos los sentimientos que generó la triste noticia del fallecimiento de ser amado. Además, cuanto mayor es la intensidad del afecto que se le da al difunto, menos sentido tienen todas estas frases. Porque la intensidad de la pérdida de un ser muy cercano y querido, los padres directos, los deja «rotos» y lo que está pasando se vive como en una «película» por la que pasan: abrazos, besos, lágrimas, condolencias. Pese a todo, las personas cercanas a los fallecidos agradecen el esfuerzo de transmitirles tanto el sentimiento como las intenciones de consolarlos de alguna manera en estos tiempos tan graves.

Uno de tus amigos ha fallecido. Ya no te hablará, para hacer el gesto de complicidad, para estar presente. Y se juntan los recuerdos: de multitud de momentos, anécdotas, situaciones en las que era importante compartir emociones, pensamientos con ella … ¡Tanto, tanto !, que apenas queda nada del recuerdo. que sobrevive en todos.

Con esta muerte inminente, quienes seguirán viviendo tendrán nuevamente la oportunidad de reconocer la finitud de su propia vida, la fugacidad de esta experiencia vital que la naturaleza regala. Y podrán repasar su trayectoria, su historia personal, proyectándola hacia un cierto final inexorable que no lleva a ninguna parte. Que nada preocupe a más de una persona. Y para algunos de ellos, la experiencia de su YO, de un EGO rotundo, los empuja a buscar una alternativa, configurando creencias sobre un más allá que se supone feliz, pleno, más aún con la promesa de una permanencia eterna como conciencia incorpórea o incluso corporal con una reencarnación anunciada “al final de los tiempos”.

La muerte como parte esencial de la vida ha sido y seguirá siendo el tema central de todas las religiones. En este tránsito de la materia, de la inercia a la conciencia, surge una encrucijada que define la forma de vivir y asumir la muerte, como otra experiencia vital o no. Un viaje conduce a la trascendencia de este YO más allá de la muerte. El otro permanece en un final sin más reflexión. Porque la experiencia vivida ha sido el gran regalo de la Madre Naturaleza. Este enfoque es muy tranquilizador porque no se espera nada y no tiene sentido condicionar nada en el presente vital a una expectativa de «vida eterna», pero este camino pasa por asumir la angustia de la desaparición, de la contingencia de todo, de la finitud y hasta de la futilidad de los deseos, ambiciones, anhelos. El legado acaba siendo barrido por el polvo de la historia y más que proyectarse hacia el futuro, cobra un valor inmenso, lo único que realmente vale, el presente.

La muerte, especialmente la muerte de un ser querido, a pesar del dolor, nos antepone a la vida misma. Si eso tiene sentido, es porque ayuda a dimensionarlo. Solo por esta razón, puede ser reconfortante asumir que incluso con su muerte, nuestro amigo continúa ayudándonos a vivir.

Firmado Rafael Fenoy Rico